Proyecto que explora la construcción cultural del paisaje, en particular en relación con los campos minados del desierto de Atacama. Partimos de la pregunta: ¿qué rol juega la tecnología en la mediación de nuestra experiencia de paisaje? Considerando los campos minados como un singular caso de paisaje que solo puede ser experimentado en forma mediada, nos proponemos visibilizar aquellas relaciones sujeto-espacio-tecnología que definen la experiencia de paisaje contemporáneo. Para indagar en esta inquietud, se hace uso de dos estrategias de investigación artística: la creación de un paisaje mediado tecnológicamente (drone, video, fotografía) y la creación de un paisaje imaginado a través del relato colectivo (mapa, dibujo, conversación).
Trabajo de campo
Realizamos dos trabajos de campo diferentes. Primero en enero de 2016 en San Pedro, y un segundo en abril de 2017 en el límite entre Chile y Perú cerca de Arica.
Para el primer trabajo de campo viajó todo el equipo por una semana a San Pedro de Atacama, ubicado en el altiplano, muy cerca de la frontera con Bolivia y Argentina. Ahí se abordaron los campos minados de tres maneras. A través de una cámara-drone se realizaron videos sobrevolando los terrenos con minas y en proceso de desminado. Estos videos registran un recorrido similar en altura y velocidad a un caminante, es decir, a unos 2 metros del suelo. Además, se realizó un registro fotográfico y gráfico de los objetos implicados en los campos minados, incluyendo las minas mismas, las herramientas de minado y desminado, los vehículos militares, las señaléticas, los tipos de suelo, la vegetación y las rocas, entre otros. Entre estos materiales, accedimos a los mapas militares originales con los que se trazaban los campos minados. Estos mismos mapas -hechos a mano en los años 70’ y 80’- son los que utilizan hoy para encontrar y sacar las minas de los campos. Por último, entrevistamos a aproximadamente 20 personas, residentes y visitantes de la zona. Conversamos con una familia de pastores, guías turísticos, turistas extranjeros, universitarios, escolares, trabajadores, empleados del municipio, profesores y militares. Todos ellos dibujaron un mapa representando la manera en que recorren el territorio, incluyendo los campos minados. Construimos así un pequeño archivo de mapas subjetivos que revelan el lado íntimo y cotidiano de los campos minados y el paisaje desértico de San Pedro.
El segundo territorio explorado fue el llamado triángulo terrestre, disputado por Chile y Perú y reclamado como propio por ambos países. Nos instalamos allí junto a un grupo de 15 artistas de varios países en abril del 2017. Llegamos precavidos, sospechosos y temerosos por el potencial peligro del lugar. Nos preocupamos primero por resolver la logística y la protección personal, tener suficiente agua potable, protegernos del sol, acostumbrarnos al horario de comidas y lograr dormir. Notamos rápidamente que no había muchos lugares cómodos para estar en soledad. Propusimos una acción colectiva que consistía en señalar lugares en los alrededores del campamento liberados de minas antipersonales. A través de varillas, palos y ramas intervenidas con cinta reflectante, demarcamos un límite que permitiese a toda hora – especialmente durante la noche – identificar las zonas donde se pudiese transitar sin temor. El conjunto de estacas improvisadas fueron construyendo así un diagrama en el territorio, un registro de nuestros recorridos más comunes que hacían visible la manera en que estábamos ocupando el este espacio. Una vez instalados, los días transcurrieron en forma plácida: la playa, el clima paradisíaco, la calma y el silencio. Habíamos formado un grupo preocupado por su quehacer, por colaborar con la actividad del otro, organizado en los niveles domésticos y sólo ocupado de participar de la “ciudadela utópica” (Alarcón y Saavedra, Triángulo Terrestre, Catálogo HAWAPI 2017) que habíamos logrado crear. Pero fue justo entonces cuando apareció por el borde de la playa una camioneta municipal blanca, con funcionarios acusándonos de estar invadiendo el territorio para apropiarnos de él. Nuestro campamento en la frontera también provocó reclamos por parte de los pobladores del contiguo poblado peruano de Santa Rosa, lo que se tradujo en más presiones determinantes para nuestra expulsión del área. Lo publicado por la prensa local era una mentira-verdad, en el sentido de abrirnos los ojos a una manera de ver las cosas que no era falsa. Por tratar de habitar un territorio de forma transitoria, nos convertimos – a ojos de quienes lo habitan – en invasores de ese lugar.